Federico Landgraf

Director Ejecutivo de CASAFE

Cuando se detiene lo cotidiano y un gigantesco imponderable congela las urgencias que parecían lo único importante, se visibiliza lo esencial, lo fundamental, lo verdaderamente indispensable y vital. Aquello que por natural y rutinario no se valoraba en su real dimensión y sentido.

Cuando todo se detiene, aquello cotidiano que solemos dar por sobreentendido, pero que al mismo tiempo es fundamental y básico para la vida en comunidad, se hace realmente visible. Y recobra la verdadera dimensión que siempre tiene, pero que la frenética carrera en que solemos vivir -en un mundo híper conectado por las tecnologías que acortan distancias y las hacen solo virtuales- nos impide valorar.

En el último tiempo, el mundo ha comenzado a detenerse, porque la naturaleza ha dado una señal que nos obliga ya a repensar y a modificar muchas cosas, mucho antes de lo que imaginábamos hasta hace pocas semanas.

Se llama coronavirus y ha paralizado a toda la aldea. Sí, a la “aldea global”, que hace 60 años algún especialista en comunicación observó con un alto grado de anticipación y una prospectiva luminosa que hoy se verifica, definitivamente, tanto en sus aspectos positivos como en aquellos que no lo son, tal como sucede con la pandemia global que sufrimos como aldeanos, de este mundo tan grande y chico a la vez.

Pero cuando todo se detiene y lo que mantiene viva a una sociedad no puede parar, comienza a verse -y especialmente a valorarse- a todos quienes deben seguir y exponen su salud a una enfermedad peligrosa y de la que poco se sabe, para que en comunidad todos podamos superarla en cuanto eso sea posible.

Y así hacen que el mundo -y en nuestro caso la Argentina- sigan funcionando, mientras la gran mayoría de nosotros paramos para protegernos de un virus tan desconocido como virulento, y tan rápido como la vida que llevábamos hasta hace pocas semanas, y que todos tuvimos que modificar para cuidarnos.

Son ellos a quienes ahora valoramos y reconocemos por su fundamental y cotidiano aporte para que nuestra vida tenga esa normalidad que hoy se ha detenido. Por eso, mientras Argentina y el mundo siguen atravesando la pandemia, nosotros debemos decir muchas veces “Gracias”.

Gracias, a los trabajadores de la salud, de las fuerzas de seguridad, del transporte de pasajeros y de alimentos, y de la de recolección de residuos. Gracias, al personal de los medios de comunicación y a los voluntarios que acompañan a los mayores, y a las personas con discapacidad. Gracias, a las maestras y profesores que siguen enseñando desde sus casas. Y a los alumnos, que no pierden el entusiasmo de aprender de una manera diferente.

Gracias a los comerciantes que, con sus locales abiertos, permiten acceder a los productos de primera necesidad. Gracias al campo y a los trabajadores agroalimentarios de todo el país, que con su dedicación, esfuerzo y responsabilidad aseguran la producción y garantizan el abastecimiento de los alimentos. Y gracias a vos que te quedás en tu casa, ayudándonos a cuidarnos entre todos.

Porque Argentina sigue gracias a vos.


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