Implementar un manejo racional de las enfermedades en los cultivos resulta una necesidad creciente y plantea un nuevo desafío a la empresa agropecuaria (Carmona et al., 2014).

El manejo fitosanitario de un cultivo debe iniciarse con una semilla de buena calidad. Ésta es la base de un proceso productivo eficiente y un importante factor de la productividad agropecuaria.

Si bien hay muchos factores relacionados con la calidad de la semilla, la sanidad en su conjunto y los grupos químicos de los fungicidas utilizados desde la siembra del cultivo merecen una consideración especial.

La semilla puede transportar una gran cantidad de patógenos, que sobreviven con ella por largos períodos y son introducidos en nuevos campos si la misma no es protegida adecuadamente.

La semilla infectada por patógenos (dentro, fuera y entre éstas) constituye una excelente fuente de diseminación y supervivencia y está directamente relacionada con la continuidad del ciclo biológico de los patógenos.

En la actualidad, no se reconoce a la semilla infectada como un importante medio por el cual los patógenos:

1) son introducidos en nuevas áreas,

2) sobreviven en ausencia del huésped cultivado,

3) son diseminados como nuevas razas, y

4) son distribuidos como focos de infección primaria.

Existen alternativas de protección ejercida por los nuevos grupos químicos, como Estrobirulinas y Carboxamidas, reconocidas por su protección foliar y que, además, son aplicadas a la semilla brindando una gran residualidad.

La protección química en semillas no debe ser empleada como una medida de control aislada, sino que debe formar parte de un conjunto de prácticas en la lucha contra los patógenos más importantes de estos cultivos. 

Los objetivos del tratamiento de semillas con fungicidas son:

a. Erradicar los hongos fitopatogénicos biotróficos vehiculizados interna (Ustilago) y externamente por la semilla (Tilletia).

b. Evitar el crecimiento micelial de hongos necrotróficos internos hacia la superficie de la semilla de modo que no ataquen el coleoptile y las raíces seminales.

c. Reducir el progreso de epidemias en órganos aéreos al disminuir la fuente de inóculo primario.

d. Disminuir el número de aplicaciones de fungicidas en órganos aéreos.

e. Controlar, cuando es necesario, hongos biotróficos (como royas) no asociados a la semilla, pero que infectan los órganos aéreos en el inicio del desarrollo de los cultivos.

El grupo FRAC Argentina está comprometido con brindar herramientas sustentables al sistema de producción y proteger las alternativas químicas disponibles, teniendo en cuenta el manejo racional de dichos grupos químicos en todo el ciclo del cultivo.

Por ello, tanto Estrobirulinas como Carboxamidas no deben aplicarse más de 2 veces en los cereales de invierno y siempre tras un monitoreo del cultivo que nos permita tomar decisiones de manejo en base a umbrales. Se debe tener en cuenta que el tratamiento de semillas se considera como una aplicación si la enfermedad a controlar es la misma.

En el caso de carbones, hay excelentes Triazoles, por ejemplo, que, usados a las dosis recomendadas, proveen excelente protección sobre estos patógenos y otros asociados a las semillas. Además, existen otros grupos químicos que no son Estrobirulinas ni Carboxamidas que constituyen herramientas fundamentales de control foliar en un manejo integral de enfermedades (MIE). 

Contrariamente, las manchas son epidemiológicamente más importantes y registran mayor dificultad para su control (Carmona, 2009). Algunos Triazoles mejoran su fungitoxicidad a bajos niveles de infección en semilla y otros fungicidas, tales como Iprodione, resultan aún más específicos para el control de estos patógenos (Reis et al., 2010).

La presencia de patógenos en las semillas no siempre asegura la transmisión a las plántulas. La eficiencia en la tasa de transmisión desde las semillas será diferente según cada patógeno y deben ser cuantificados en laboratorio para elegir el grupo químico más efectivo para su control.

 

ENFERMEDADES FOLIARES

En el año 2017, llegó para quedarse definitivamente la Roya Amarilla con un impacto muy alto sobre los rendimientos, el cual puede llegar al 100%. Además, hay mayor incidencia de las enfermedades tradicionales como Roya de la Hoja y Mancha Amarilla que se han manifestado en estas últimas campañas, teniendo un fuerte impacto negativo sobre los rendimientos logrables de las variedades más sembradas. Es por eso que es fundamental establecer estrategias de control que incluyan un profundo conocimiento y un uso racional de los nuevos grupos químicos.

En los cereales de invierno, como trigo y cebada, con la siembra directa como protagonista esencial de nuestro sistema productivo en Argentina, en muchísimos casos con la rotación trigo/soja/trigo y con la aparición de nuevos genotipos con mayor potencial de rendimiento, pero más susceptibles, sumado al cambio climático que permite una mayor adaptación de las enfermedades a zonas del centro o centro norte de nuestro país, ha hecho que ciertos patógenos que se consideraban de poca relevancia, como Mancha Amarilla, se constituyan actualmente como un problema de mayor gravedad.

Los que ya representaban un serio problema, como la Roya de la Hoja, han crecido exponencialmente en estos años. Esto ha exigido al productor un manejo de no sólo una enfermedad sino de un complejo de enfermedades foliares que pueden aparecer desde el inicio del cultivo, llevándolo a realizar al menos dos aplicaciones.

En este contexto, el manejo de la resistencia ante enfermedades más agresivas debe ser considerado un pilar fundamental para el efectivo control por parte de los grupos químicos disponibles más utilizados (Triazoles, Estrobirulinas y Carboxamidas) y protegerlos para retrasar la aparición de resistencia.

Estos tres grupos químicos son monositio y ya han mostrado resistencia en cereales de invierno en países de Europa debido a una altísima presión de selección sobre algunos patógenos de estos cultivos. La utilización de fungicidas multisitio están disponibles en Argentina.

Esto es de fundamental importancia pues, si un patógeno es resistente a una familia química, entonces será resistente a todos los activos pertenecientes a dicha familia.

Por ello, es imprescindible diseñar un programa de manejo de la resistencia desde la siembra del cultivo que incluya un conocimiento acabado de la biología de la plaga, que cumpla un estricto programa de monitoreo constante, maximizando de esta manera la efectividad de los grupos químicos que se utilizan en cada intervención de control de acuerdo a los patógenos presentes y su umbral de acción, y rotando los modos de acción utilizados.

No podemos evitar la resistencia, pero con el uso responsable de los fungicidas, podemos retrasar su aparición.

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