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Por María de los Ángeles Lesman

Coordinadora de CASAFE para la Región Litoral

A mediados de febrero comienza la temporada de implantación del cultivo de zanahoria para la zona de la costa de Santa Fe, extendiéndose hasta el mes de julio. Daucus carota subespecie sativus, llamada comúnmente, zanahoria, es la especie más consumida de la familia de las Apiáceas (Ministerio de Agroindustria, 2016). La Agencia Santafesina de Seguridad Alimentaria (ASSAL) resalta sus cualidades nutricionales y, entre los minerales que contiene este cultivo, destaca al potasio, sodio, calcio, fósforo, magnesio, hierro, zinc, yodo y selenio. En cuanto a vitaminas, la zanahoria aporta vitamina C, E, B3, B6, B1, B2, carotenos, retinol y ácido fólico.

Según datos obtenidos en 2016 por el Ministerio de Agricultura, a nivel nacional, se producen anualmente alrededor de 300.000 toneladas de zanahorias en unas 9.500 hectáreas. La mayor parte de la producción está destinada para consumo en fresco y un pequeño porcentaje al deshidratado y a otros procesos industriales. En la provincia de Santa Fe, la zona productiva de esta hortaliza se concentra en Garay. En este departamento, se cultivan anualmente entre 1.000 y 1.500 ha, lo que representa entre el 33% y el 50% de la superficie anual implantada con hortalizas de la provincia.

Para trabajar correctamente con un cultivo, es necesario comprender las condiciones edafoclimáticas de la zona, es decir, lo relativo al suelo y el clima. En el caso de la zanahoria, la costa santafesina se caracteriza por tener suelos con textura arenosa-franca en superficie, con bajo contenido de materia orgánica (menor al 1%) y con una permeabilidad muy alta que conlleva una escasa retención de agua. El clima es subtropical húmedo con precipitaciones que oscilan los 1.150 mm anuales (salvando las excepcionales sequías de las últimas campañas).  

Para la fertilización de los suelos se pueden utilizar productos químicos (los más utilizados son sulfonitrato de amonio y sulfato de amonio), pero la región se destaca por su uso de enmiendas orgánicas.  En ellas, principalmente se utiliza estiércol o excretas de ave (es de uso común la cama de pollo). Se emplean entre 8.000 y 10.000 kg/ha de cama de pollo como base, previo a la siembra, y luego se aplican alrededor de 5.000 kg en los primeros meses de cultivo.

La cama de pollo es la fertilización orgánica más común. Se elabora del residuo que se obtiene de la crianza de pollos y está compuesta por materiales como cáscara de arroz, aserrín o virutas, restos de alimentos, plumas y las deyecciones de las aves.  Su composición química es variable, sobre todo en cuanto al contenido de nitrógeno, depende de la cantidad de crianzas que se haya realizado sobre la cama y de las condiciones de manipuleo, tratamientos sanitarios y almacenaje posteriores.

Un plan de manejo sustentable de la cama de pollo es un punto clave, ya que existen problemáticas que pueden desarrollarse. Entre ellas se destacan:  la lixiviación de los nitratos (que puede alcanzar napas de agua subterránea), la escorrentía de lotes con escasa cobertura que puede aportar fósforo a cursos de agua superficial, y la liberación al ambiente de microorganismos patógenos. También pueden producirse cambios en la acidez y la concentración de algunos nutrientes en el perfil del suelo. Tanto la variación en la composición, como las problemáticas vinculadas a su manejo hacen imprescindible la realización de análisis químicos para tratar los agentes patógenos antes de ser incorporados al suelo.

Para trabajar con BPA, en la aplicación de enmiendas o fertilizantes orgánicos, recomendamos tener en cuenta los siguientes puntos:

1. La humedad del suelo debe encontrarse por debajo de la capacidad de campo, es decir,la máxima cantidad de agua que un suelo puede retener.  Tampoco tiene que haber pronóstico de precipitaciones para los días subsiguientes.

2. El momento de siembra del cultivo debe ser próximo.

3. Los vientos deben ser moderados o bajos. Nunca deben estar en dirección a zonas sensibles: vecinos, rutas o caminos de alta circulación, entre otros.

4. La humedad del guano o cama debe ser menor del 40 % pero idealmente más cercano al 25 %, a fin de disminuir la percepción del olor.

5. Aplicar en forma mecánica la enmienda y constatar que el equipo de aplicación esté calibrado para asegurar una aplicación homogénea.

6. Los lotes deben carecer de pendientes extremadamente pronunciadas (menores al 10 o 15 %), según su textura y grado de cobertura. Deben estar alejados de cuerpos de agua superficiales como arroyos, riachos o inclusive humedales definidos, como así también de pozos de bombeo para provisión de agua para consumo humano y animal.

7. No utilizar residuos cloacales o provenientes de pozos sépticos. Como así también tomar las recomendaciones de SENASA en cuanto a los tiempos de compostaje para la estabilización de las enmiendas y eliminación de microorganismos patógenos.

Nuestro desafío, como parte de la cadena agroalimentaria, es trabajar en pos de la seguridad alimentaria en su sentido más amplio. Es decir, las disponibilidades físicas y económicas, la calidad de alimento, las preferencias culturales y la sostenibilidad. Por eso las buenas prácticas agropecuarias, y la producción en la costa santafesina se convierten en un deber y una necesidad productiva y social.

Bibliografía consultada

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